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Lavando el Karate-Gi



“Sólo vivo del todo / cuando vuelvo a ser niño”.
(José María Valverde).

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Hace unos días, mientras el otoño distribuía su equipaje, yo aprovechaba los estertores de un sol ya deslavado y raído, lavando mi karate-gi.
Envuelto por el sonido del agua que escurría entre mis manos, recordé que las noches anteriores me había dormido más temprano: un hecho aparentemente simple, pero relevante para mí, porque antes de recalar en el dojo me daban altas horas de la noche, buscando un sueño hacía largo tiempo extraviado.
Las últimas semanas transcurrieron raudas. Las vi pasar desde el vértice nor poniente del tatami, junto al umbral de ingreso al dojo: lugar perfecto para quien se inicia, por la visión panorámica que ofrece, ya que un principiante suele aprender no sólo por lo que lee y escucha, sino sobre todo por lo que ve. “La imitación y la repetición son muy importantes en el Karate – do”, me dijo un sempai del dojo, cuando pregunté por ciertos despliegues que no retuve del todo.
Luego recordé una práctica en que Sensei Bustamante ordenó una serie de ejercicios que me transportaron directamente a mis años escolares: correr con piernas y manos sobre el tatami; el salto del conejo, el salto del tigre sobre el tronco; cargar al compañero sobre los hombros, y luego en los brazos.
En un momento, cuando mi compañero regresaba al punto de inicio conmigo en brazos, pude ver a un Sempai mirándome con una mueca de extrañeza. Mientras me preguntaba por qué, sentí que mis músculos faciales estaban tensos y fijos, y que una brisa tenue recorría mi dentadura, completamente expuesta: traía dibujada en mi cara una sonrisa de oreja a oreja.
Un calor bañó mi pecho y me invadió una extraña sensación de pudor. Quizás era piedad, compasión por mí mismo, porque no recuerdo la última vez que me sentí contento. Había pasado demasiado tiempo conviviendo con la rigidez de mi rostro, adivinándolo noche a noche tras el reflejo perdido de la pantalla del computador, entre una haz de letras borrosas.
Cuando colgaba el karate-gi el sol ya se ponía tras la cordillera de la costa, presidiendo un arrebol rojizo con trazos azulados. En un momento, uno de los últimos rayos solares dio de lleno en el blanco radiante del karate-gi, produciéndose el llamado efecto albedo: la luz solar rebota sobre un plano blanco, y la observación del fenómeno hiere la vista de quien no protege sus ojos.
He sabido que en Karate – Do, el color blanco del cinturón del principiante representa la semilla que germina bajo la nieve. No sé qué tenga que ver con el efecto albedo, pero sospecho que algo.

Jorge Ignacio Cerda Mardones.
Mayo 2007
Cinturón blanco, 8° kyu.
Dojo Sanchin

 







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