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La Soberbia (Primero de Los Siete Pecados Capitales)
Escrito por Roshi Bustamante



La soberbia necesita adornos.

Como es bien sabido, la soberbia es uno de los siete pecados capitales. Pero antes que pecado, yo diría que es un enorme desperdicio de energía tratando de aparentar aquello que en verdad uno no es.

Un soberbio es un ego inflado. Cuanto más pequeño, más energía hay que insuflarle. Pero, como todo aquello que se infla, siempre tiende a desinflarse. Entonces el pobre ego anda todo el tiempo atareado, tratando de sostener la presión para mantener su imagen.

Necesita cosas con las cuales adornarse y necesita –sobre todo- de los otros. Oyentes, escuchas. Súbditos. Necesita de un público. Alguien a quienes mostrarle lo grande que es, lo importante, lo rico o lo inteligente que es.

Hombre o mujer, viene en todos los tipos y colores. Y los adornos que utiliza para sostener su orgullo son de lo más variados. Desde su flequillo a su auto. Desde su colección de revistas antiguas a sus habilidades culinarias. Todo puede ser. No importa tanto la cosa en sí como su forma de presentarlo.
Incluso la modestia –que es su opuesto- puede ser un adorno. “Ojo que, si me lo propongo, puedo ser el más modesto de todos.”

La soberbia agranda, magnifica, destaca. Necesita de un pedestal, o por lo menos de tacos altos. Y allí abajo... los súbditos, los comunes, los inferiores. Porque una de las formas de la soberbia consiste en achicar a los otros para agrandarse uno o, lo que sería lo mismo, brindarles a “esos pobres” su mirada magnánima.

Lo que los soberbios no saben –o tal vez si y por eso están siempre a la defensiva- es que es muy fácil desarmarlos. Es suficiente con encontrar cuál es el motivo de su orgullo y agrandarlo. Halagarlos, mostrándoles lo magnífico que él o ella son. Por más soberbia que sea una persona, si se insiste suficientemente sobre ese punto, termina desarmándose.

La soberbia necesita de los halagos. Y cuando no los tiene se enoja: “¡Usted no sabe con quién está hablando!” Pero si se los aumenta, entonces se inflan a más no poder, hasta que en algún momento terminan estallando y se transforman en los pequeños seres que verdaderamente son.

De algún modo, la soberbia es semejante a la comida chatarra: engorda, pero no alimenta. El ego se expande y engorda, pero en lo íntimo uno permanece flaquito y esmirriado.

Es triste. No vale la pena tanto trabajo, tanta energía inútil para defender aquello que no puede ser defendido. Que más tarde o más temprano terminará por deshacerse. En el fondo, los soberbios despiertan compasión. A pesar de sus esfuerzos y despliegues teatrales se los ve pequeñitos, frágiles y sufrientes, encerrados en su gran globo de magnificencia.

En este mundo impermanente, los hombres vamos y venimos. Somos como esos hongos que nacen en la noche y a la mañana siguiente desaparecen.

El maestro Dogen escribió: “Es deplorable fatigar para nada un cuerpo humano durante toda una vida”.

Nos creemos importantes, pero un buen día nos tocan en el hombro y nos dicen: “Señor, se acabó, llegamos a la Terminal.”

Eihei Dogen: Monje budista nacido en Japón, (1200-1253).


El Miedo

El miedo tiene muchos rostros, pero su verdadero rostro nadie lo conoce.

Puede esconderse detrás de una sonrisa o debajo de la cama. Aparecer de improviso o crecer lentamente por tus tripas o tu espalda. No respeta horarios ni lugares fijos. Le gustan las sorpresas y surge cuando menos se lo espera.Te hace temblar, correr y escapar y, a veces, te aterra hasta paralizarte.

Puede congelarte en pleno verano o hacerte transpirar en medio de la nieve. Pero en cualquier caso, siempre es una fuerza poderosa que te posee. Es el miedo.

El miedo es la otra cara del deseo. Surge allí en donde hay cosas que ocultar o defender. El temor a ser descubiertos o que nos quiten lo que poseemos. Entonces podemos sentir que está ahí, como una sombra, acechándonos, rodeándonos, como un suburbio por donde entran la enfermedad y la muerte.

Ante él, algunos se arrugan y se achican y otros se envalentonan y se agrandan. ¿Escaparse? ¿Perseguirlo? No sirve de mucho. Porque sea cual sea nuestra reacción, él siempre estará ahí.

A veces parece retirarse, vencido, pero ten por seguro que pronto volverá a aparecer. Y con más fuerza.

También esta el miedo a lo desconocido. El miedo a la muerte y el miedo a la vida. Y la timidez, que es un temor homeopático que se bebe a cuentagotas y de por vida.

Todas estas formas del miedo son como las innumerables ramas y hojas de un árbol frondoso. De nada vale cortarlas puesto que, cuanto más las cortas, más vigorosas vuelven a brotar. A veces, uno puede tomar una hoja en particular y analizarla. Pero mientras no se penetre en el tronco y se llegue a su raíz, será inútil. Cuando se llega hasta ahí, el miedo desaparece.

La raíz esencial del miedo es el deseo, su verdadero rostro.

Si nadie ha visto alguna vez este rostro verdadero es porque, en realidad, el miedo no existe.

 






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